Claves en la Toma de Decisiones Estratégicas, interpretar antes de actuar

by | Gestión de Riesgos, Sostenibilidad

[Tiempo de lectura 5 minutos]

Las organizaciones invierten grandes recursos en mejorar la forma en que deciden. Sin embargo, pocas se preguntan si están interpretando correctamente el contexto sobre el que construyen esas decisiones. Este artículo propone una hipótesis sencilla pero desafiante: antes de aprender a decidir mejor, necesitamos aprender a comprender mejor la realidad desde la que decidimos.

La calidad de una decisión depende de la interpretación del contexto

Las organizaciones dedican enormes esfuerzos a mejorar la forma en que deciden. Incorporan metodologías, digitalizan procesos, reducen tiempos de respuesta y desarrollan indicadores para ejecutar con mayor rapidez y precisión. En un entorno competitivo, esa búsqueda de eficiencia tiene todo el sentido.

Sin embargo, existe una pregunta que rara vez aparece en reuniones de directorio: ¿qué tan buena es la interpretación del contexto sobre la que estamos construyendo nuestras decisiones?

La pregunta puede parecer extraña. Después de todo, solemos evaluar una decisión por sus resultados, no por el proceso intelectual que la hizo posible. Pero quizás ahí reside uno de los desafíos menos visibles de las organizaciones contemporáneas.

Es difícil que una decisión sea mejor que la comprensión de la realidad sobre la que fue construida.

No decidimos sobre la realidad, sino sobre la interpretación que hacemos de ella

Imaginemos dos organizaciones que reciben exactamente la misma noticia: una nueva regulación modifica las condiciones para exportar determinados productos a uno de sus mercados principales. La primera interpreta el cambio como un nuevo costo regulatorio. La segunda lo entiende como una señal de hacia dónde evolucionará el mercado y decide adaptar antes que sus competidores el diseño de sus productos.

Los hechos son idénticos. La información disponible también. Lo que cambia es la interpretación.

Podría parecer un ejemplo hipotético, pero ocurre con frecuencia. Cuando comenzó la invasión rusa a Ucrania, muchas empresas interpretaron el conflicto como un problema energético. Otras comprendieron rápidamente que también afectaría rutas logísticas, disponibilidad de fertilizantes, precios agrícolas, cadenas de suministro, inflación y prioridades regulatorias. Con el paso de los meses quedó claro que no se trataba de una única crisis, sino de una reconfiguración del contexto en el que operaban múltiples industrias.

Las organizaciones no reaccionaron de manera diferente porque unas tuvieran más información que otras. Reaccionaron de manera diferente porque construyeron interpretaciones distintas del mismo fenómeno. Esta diferencia parece sutil, pero cambia la forma de entender cómo se toman las decisiones.

Tener más información no siempre significa comprender mejor

Vivimos en una época en la que acceder a información resulta cada vez más sencillo. Nunca fue tan fácil conocer una nueva regulación, seguir un conflicto geopolítico, analizar tendencias de consumo o incorporar datos provenientes de múltiples fuentes.

Paradójicamente, esa abundancia no siempre mejora nuestra comprensión del contexto.

Pensemos en una resonancia magnética. El estudio contiene una enorme cantidad de información. Sin embargo, para la mayoría de las personas no deja de ser una sucesión de imágenes difíciles de interpretar. Un especialista observa exactamente las mismas imágenes y descubre relaciones, anomalías y patrones que para otros pasan completamente inadvertidos.

La diferencia no está en los datos disponibles, pues ambos actores tienen los mismos. La diferencia está en la capacidad para interpretarlos.

Algo parecido ocurre dentro de las organizaciones. La información suele estar disponible. Lo verdaderamente escaso es la capacidad para conectar fenómenos que, a simple vista, parecen independientes.

Una regulación ambiental puede terminar modificando decisiones financieras. Un avance en inteligencia artificial puede alterar las expectativas de los consumidores antes que la tecnología llegue a una industria determinada. Un cambio demográfico puede transformar el mercado laboral mucho antes de convertirse en un problema de recursos humanos.

Comprender esas conexiones comienza a ser más importante que acumular nuevos datos.

La capacidad anticipatoria comienza antes de detectar señales débiles

Con frecuencia se afirma que las organizaciones necesitan desarrollar la capacidad para identificar señales débiles. Es una afirmación válida, pero quizás incompleta.

Una señal rara vez es importante por sí misma. Se vuelve relevante cuando alguien logra interpretar qué podría significar en combinación con otros cambios que todavía parecen aislados.

Pensemos en ASML, la empresa neerlandesa que fabrica equipos para producir los semiconductores más avanzados del mundo. Durante años fue considerada un actor extremadamente especializado dentro de la industria tecnológica. Sin embargo, a medida que crecieron las tensiones entre Estados Unidos y China, la empresa pasó a ocupar un lugar central en la geopolítica global. No cambió su actividad principal. Cambió el contexto desde el cual era interpretada.

La señal estaba a la vista. Lo que evolucionó fue la forma de leer su significado.

Quizás por eso la capacidad anticipatoria no comience cuando una organización detecta una señal temprana. Comienza antes, cuando desarrolla la capacidad de ampliar la manera en que interpreta el contexto del que esa señal forma parte.

Cómo fortalecer la interpretación del contexto antes de decidir

Si aceptamos que las decisiones se construyen sobre interpretaciones, surge una pregunta práctica: ¿cómo poner a prueba la calidad de esa interpretación? No existe una respuesta única, pero sí un ejercicio sencillo que cualquier equipo directivo puede incorporar.

Antes de discutir posibles acciones, conviene detenerse unos minutos y formular una pregunta diferente:

¿Qué estamos dando por cierto acerca de este contexto y qué evidencia podría demostrar que nuestra interpretación está incompleta?

La intención no es paralizar la decisión ni alimentar una duda permanente. Tampoco se trata de buscar consenso absoluto. Se trata de ampliar, aunque sea un poco, el mapa desde el cual estamos observando el problema. En muchas ocasiones, esa breve pausa resulta más valiosa que acelerar una respuesta construida sobre supuestos que nadie llegó a cuestionar.

La próxima ventaja competitiva podría no ser decidir más rápido

Durante décadas las organizaciones aprendieron a ejecutar con mayor velocidad. Es probable que esa siga siendo una capacidad importante. Sin embargo, el contexto en el que hoy se toman las decisiones se caracteriza por una creciente interdependencia entre fenómenos tecnológicos, regulatorios, ambientales, geopolíticos, económicos y sociales. En ese escenario, ejecutar con rapidez ya no garantiza comprender mejor.

Quizás la próxima ventaja competitiva no consista únicamente en decidir antes que los demás, sino en desarrollar una forma más amplia y más rigurosa de interpretar el contexto sobre el que esas decisiones descansan. No presentamos esta idea como una certeza. La proponemos como una hipótesis que merece ser explorada.

Una forma sencilla de hacerlo es observar las próximas decisiones importantes que se tomen en tu organización. Más que preguntarte si fueron acertadas, prueba formular una pregunta diferente:

¿Qué interpretación del contexto hizo posible esta decisión y qué aspectos de esa interpretación nadie puso en discusión?

Es posible que allí encuentres una conversación que hasta ahora había permanecido fuera del campo de visión.

¿Cómo desarrollar esta capacidad?

Interpretar mejor el contexto requiere algo más que incorporar información. Supone entrenar nuevas formas de observar, conectar fenómenos y poner a prueba los propios supuestos.

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